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Protección de animales silvestres y domésticos

(Texto presentado ante la Asamblea Nacional Constituyente de la República del Ecuador, enero de 2008)

Las diversas manifestaciones de la materia orgánica han desarrollado, en el trascurso de millones de años, mecanismos y estrategias de existencia y coexistencia, en un gran pacto natural de supervivencia denominado equilibrio ecológico.

En este contexto, las especies animales, incluida la humana, comparten la estructura genética básica, y en su condición de organismos que cumplen un ciclo vital, tienen necesidades como las de alimentación, reproducción, descanso, cobijo, etc.; tales requerimientos conllevan al surgimiento de intereses, acciones y aprendizajes orientados a satisfacerlos y a precautelar su integridad como sustento de la supervivencia. De este proceso de lucha por la sobrevivencia, surgen a su vez el pensamiento, la voluntad, la comunicación y el lenguaje, las emociones y los sentidos, los mismos que se manifiestan en diferentes grados y características en cada una de las especies animales. Esto significa que las especies no humanas poseen, como comunidades, su propio patrimonio cultural.*

Los animales no humanos, al igual que la especie humana, establecen relaciones y estructuras sociales y jerárquicas entre los individuos de su propia especie, lo que incluye el intercambio de acciones significativas y afectivas entre individuos de la propia comunidad y con las otras especies.

La sensibilidad al dolor- definido éste como una sensación desagradable y/o letal causada por una estimulación agresiva de las terminaciones nerviosas– es ocasionada por lesión de tejidos, y se activa de igual manera que en los humanos, ya que poseen por igual un sistema nervioso central y periférico, bien organizado y susceptible de ser lesionado por agresiones físicas. Sería un equívoco sostener que el umbral del dolor de los animales no humanos sea menor o no exista; pues a pesar de que estos es no disponen de un lenguaje reactivo en palabras, comunican activamente los efectos de tal sensación mediante ruidos y gestos expresivos.

En definitiva, los animales no humanos también son organismos dotados de sensibilidad física y psíquica, sin que sea posible establecer una línea divisoria entre los animales humanos y no humanos.

Sin embargo, nuestra especie, a pesar de tener una similitud sustancial con las demás especies animales las ha vulnerabilizado reproduciendo el ejercicio de las mismas prácticas de posesión, dominio, exclusión y violencia presentes en las estructuras sociales humanas. La humanidad ha maltratado y explotado a los animales hasta llegar a límites de crueldad insospechados. Desde el aparentemente inofensivo uso del lenguaje, que los denigra y ridiculiza, hasta la ejecución de prácticas brutalmente crueles, que no solo causan padecimiento a los animales, sino que además denigran la propia condición humana.

Tales prácticas se sustentan en una concepción que ha convertido a la Naturaleza en un mero objeto de explotación insaciable e inmisericorde que se acentúa, en Occidente, desde los albores de la Modernidad, exacerbándose en los tres últimos siglos de desarrollo industrial y post/industrial. Son, justamente, estas prácticas y actitudes las que han llevado al colapso del ambiente, con la secuela de destrucción y contaminación.

Por otra parte, la tortura y el sacrificio de animales, en la historia de la humanidad, han sido tecnologías eficientes de “entrenamiento” para la formación de guerreros insensibles ante el sufrimiento y el dolor no solamente del adversario en armas, sino también de la población civil, incluidos ancianos, mujeres, niños y niñas. Es esa la lógica instrumental y deshumanizante que ha producido guerras, de alcance mundial y local, en las que se pone en marcha la misma horrenda sofisticación usada en contra de las especies animales no humanas, que supone la degradación y cosificación de la víctima, el desconocimiento de su calidad de ser vivo: conmueven nuestra memoria y conciencia los horrores de la Primera Guerra Mundial cuando se inaugura el uso de gases tóxicos, o los campos de exterminio masivo de Hitler y Pol Pot, o las muertes masivas de seres humanos, animales y vegetación causadas por las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

El destino de la humanidad está, dramáticamente anudado al destino de todas las especies animales no humanas, vegetales y a la vida y a la salud del planeta en general. De tal manera que la crueldad contra los animales es una evidencia crucial del estado de descomposición de las estructuras sociales humanas y favorece al crecimiento en espiral de la violencia social y cotidiana. En ese sentido, Mahatma Ghandi expresó con lucidez esta relación:

“La grandeza de una nación y su progreso moral pueden juzgarse por la manera en que tratan a sus animales”.

El reconocimiento y respeto, por parte de la especie humana, del derecho a la existencia libre y plena de otras especies animales, constituye uno de los sustentos de la coexistencia y supervivencia planetaria, lo que se haría realidad aplicando el mismo principio ético que debe prevalecer en la relación entre los individuos de la especie humana.

Considerando la potencial conciencia que tiene, respecto de sí misma y de su entorno y haciendo uso de esta conciencia, la especie humana tiene la obligación de entender el desafío de transformar este reconocimiento en un DEBER. Las lamentables consecuencias de su desconocimiento, omisión o violación, evidenciadas en el calentamiento global, la extinción de especies y el padecimiento de millones de animales e individuos de la propia especie humana así lo exigen.

Las sociedades humanas que avanzan hacia la construcción de estructuras equitativas, en congruencia con sus principios éticos, están ante el imperativo de condenar la crueldad contra las demás especies animales y establecer normas éticas y legales que garanticen una convivencia equilibrada, pues la crueldad y la salud emocional de los pueblos son incompatibles, independientemente de quienes sean las víctimas.

Es evidente el profundo dolor moral que experimenta un amplio y mayoritario sector de la población humana causado por las prácticas del uso abusivo del poder humano contra las demás especies animales, por lo que también EXIGIMOS que se atienda nuestro derecho constitucional como ecuatorianos a vivir en un ambiente sano, plasmándolo en hechos prácticos como la erradicación de la crueldad contra los animales, sin importar su categorización convencional como silvestres y domésticos, o el hábitat al que pertenecen.

Es hora de que la equidad, la solidaridad, el respeto a la pluralidad de las manifestaciones de la vida y la no violencia se constituyan en valores transversales de la nueva moralidad para un cambio civilizatorio que trascienda las estructuras sociales y humanas; y se proyecten hacia la convivencia y supervivencia planetaria. Solamente con una actuación responsable y coherente de respeto y solidaridad con todas las formas de vida, tanto en la producción de bienes materiales como en la vida cotidiana, se puede crear aprendizajes diferentes a los discursos y prácticas antropocéntricos que hoy agobian a la sociedad, la naturaleza y al planeta.

Por todo lo expuesto, es imprescindible e impostergable que en la República del Ecuador se estructure un cuerpo legal que establezca normas claras de comportamiento humano con las especies animales no humanas, y que, en la Nueva Constitución se enuncie tácitamente el principio ético–conceptual conductor de esta normatividad. De esta manera, el Estado Ecuatoriano asumirá la responsabilidad de educar a las generaciones presentes y futuras en una nueva ética que garantice, además, la propia supervivencia humana.

Peña, Lorenzo, 1992, Hallazgos filosóficos (Salamanca: Publicaciones Universidad Pontificia).

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